Existe la intrusa exigencia de buscar en el reflejo del cristal la figura del otro.
Persiste la insulsa creencia de necesitar en el espejo a cuánto más mejor y no pensamos que ya será mejor con poco. El engaño usado como bálsamo para suavizar las carencias personales atribuyéndolas a las demás, aunque éstos ya estén fuera del marco.
Está viviendo en los bordes y olvidando el camino desembocando en lodo. Va sintiendo los dolores aclarando que consigo no se encuentra ni él mismo, vacío, que es más que solo.
Hace tiempo que lo aprendí y no lo hice más que por mi. Disfruto de las personas y tengo grandes cerca, pero si no me consiguiese, me discuto para estar a solas y ser tanto que nadie se me acerca.
Pues qué bien llegar tan lejos y parece que no es lo normal, siendo así me alegro pues más aire queda para que yo pueda respirar. Pero vaya, que voy yo y perforo con sal mi fuero armado de vergüenza y rabia, dándome cuenta de que quiero lo que fueron y no lo que son, la tempestad y temporalidad es sabia. Pero y es que, ¿qué le voy a hacer? si ya invité al reflejo del espejo a todos y desde hace tiempo me apetece uno pequeño en el que no se puedan colar sin permiso. No quiero máscaras de goma ni más caras que sin llamar asoman. Tampoco es que no quiera, es no necesitar dicho de alguna manera. Lo que deseo es no significar una carga pero a la par que no se signifique ninguna para mi y que el de enfrente consiga lo mismo si quiere, y si no, lo acepto pero déjeme fluir.
De qué sirve decorar de arriba hasta abajo nuestras fachadas si para lo importante no van a perder tiempo nadie, no van a descubrir lo que hay detrás de las palabras, ni quieren que descubran lo que hay detrás de las suyas propias. NI si quiera creo que consideren algo importante a parte de que puedan mantener a salvo sus, solo aparentes, semblantes por miedo a los qué: qué dirán, qué pensarán, qué pareceré... pues hay tanto para que seamos tan poco y poco tiempo para que seamos tan tontos.
y a mi qué.