domingo, 19 de enero de 2014

No era una tarde normal.

Esa tarde parecía ser normal y sin embargo especial.
Esa tarde el timbre sonó como si se tratasen de grandes campanas dando lugar a un gran acontecimiento.
La carrera de la puerta hasta abrirse poco a poco mientras ella asomaba tímidamente la cabeza, chirrió comunicando a los dos un sentimiento de inestabilidad.

Él entró vacilando. Por su cabeza pasaban los pensamientos más positivos posibles que se estrellaban como intentos fallidos de entrar en lógica y sentirse como si esa tarde era normal, pero no lo era.
Ella empalideció hasta quedar más blanca de lo que ya era y notó que él, como siempre, se percató del hecho anormal de todo ese contexto.
No, no podía ser una tarde normal. Los dos sabían cual era la razón de tanta incomodidad. Los dos descubrieron el hedor frío y seco de la llegada destructora de la depresión y la tristeza.

Entonces él, con orgullo más vivo que alma, le miró a los arcos reconocibles e imperfectamente perfectos de sus armoniosos ojos y decidió poner fin a ese silencio sepulcral que les llevó al más desolado desierto. Se dispuso a hablar con tono triste y bajo pero seguro:

       "...me voy a ir, no he venido para explicarte nada puesto que tú y yo sabemos lo que pasa en realidad. No tengo que explicarte que en esta cama te he besado hasta las sombras, no tengo que decirte que sé lo que sientes cuando pasas cerca de mi o cuando se rozan nuestras pieles, porque ya lo sabes. No tengo que hacerte saber que he aprendido y me doy cuenta de lo poco importante que puede llegar a ser lo que yo creía. Creía que iba a seguir sonriendo mientras duermes a mi lado y que no iba a tener que echar de menos tu risa, tus gestos... aún no sé por qué nos hicimos daño y no imagino una vida ahora mismo sin ti, pero eso lo pienso ahora y son solo eso, palabras, al parecer. Yo las valoraba, y te creí por encima de las posibilidades, pero no debí confiar tanto en las palabras, pues son solo eso. Haz como yo y camina, pero cuando notes impregnado en el viento mi aroma, no alces la mirada buscando instintivamente un recuerdo lejano e inalcanzable. No seas tan egoísta de cantar nuestras canciones por estas calles y hacerme caer en un mundo irreal perdiendo la noción del tiempo. Si te vas, que sea porque es lo que quieres. Si te vas, no vuelvas"

Sus palabras se fueron deteriorando a menudo que avanzaban trabadas por un río de lágrimas incontrolables. Ella quedó clavada mirándole fijamente mientras también lloraba.
Entonces, el silencio habló por si solo. Ella rompió con ese abismo y se lanzó a los brazos de él.
Él tras un segundo de duda, compartió su abrazo sabiendo que no se trataba de la anhelada reconstrucción de su amor, si no de la última vez que sentía su cuerpo pegado a él mientras se hallaba perdido entre el olor de su pelo que quedaba pegado a su cara.

Se despegaron. Se despegaron para siempre y él se fue sin respuesta alguna cerrando una puerta. Y desde el momento en que la cerró y bajó la escalera hasta salir de la casa de su único amor, pensó lo que acaba de terminar. Lo que él y ella acaban de sellar.
Cerró la puerta dejando tras ella mucho más que una chica. Dejó tras la puerta una historia, que como toda, tiene un final. Pero esta vez era diferente. Esa historia para él fue la típica que hace pensar, que te enseña, que te hace darte cuenta de como eres y como son en realidad. Él solo podía pensar, antes de dar el último paso y salir de esa hecatombe, que se iba a ahogar asesinado por su propia agonía y que estaba cada segundo más lejos de lo que él conocía como su única medicina.
Fue entonces cuando dio ese paso y salió a la calle. No era el típico día que acompañaba la tristeza del asunto. Es más hacía tiempo que el sol no dejaba verse tras las nubes. Él dejó secar sus mejillas aclimatando su corazón, y después de emanar el suspiro más profundo comenzó a andar sin distinguir el camino por donde se encontraba, pues había perdido la motivación y se mostraba dudoso de si aún había una uña de esperanza dentro de él.

Esa tarde no era normal. Pero lo podía haber sido.

Él pudo llegar y besarle como la besaba por las mañanas al despertarse o después de comer, echándose de menos cuando se separaban para hacer sus responsabilidades. Esa tarde, que no era normal, no se separaban para verse en horas.
Él pudo aguantar todo. Pero lo que no iba a aguantar era olvidar algo que ya quería antes de conocer.
Era demasiado que esa tarde él tuviese que reiniciar una vez más su vida por haberse distanciado de lo que ya amó en sueños antes de tenerlo, de lo que quiso todos los días cuando se veía reflejado feliz en la cara de ella y de lo único que desgarrará su voz pintando las cuatro paredes de un color mustio.

Pudo ser una tarde normal, pero ella no tuvo que andar escaleras abajo dejando atrás su alma caducada. Ella solo tuvo que quedarse tras la puerta y llorar mientras escuchaba como los pasos de él se alejaban creyendo que eso es lo que tuvo que ocurrir.

Pero pudiendo ser hoy una tarde normal. ¿Por qué lloran?



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